Ángel González (1985): Prosemas o menos
“Pétalo a pétalo, memorizó la rosa”
Pensó tanto en la rosa,
la aspiró tantas veces en su ensueño,
que cuando vio una rosa verdadera
le dijo,
desdeñoso,
volviéndole la espalda:
-mentirosa.
Ángel González (1985): Prosemas o menos
“Pétalo a pétalo, memorizó la rosa”
Pensó tanto en la rosa,
la aspiró tantas veces en su ensueño,
que cuando vio una rosa verdadera
le dijo,
desdeñoso,
volviéndole la espalda:
-mentirosa.
Ángel González (1985): Prosemas o menos
“Hay tres momentos graves, más el cuarto”
Hay tres momentos graves en la vida de un hombre,
A saber:
Cuando nace,
Y cuando pierde el uso de sus seres queridos.
Luego transcurre el tiempo,
Y el olvido acontece,
Y ya como si nada,
Como si casi nada,
Nos sentimos vivir en un lugar extraño.
El cuarto es conocido;
Lo que pasa es que apenas tiene muebles.
Ángel González (1985): Prosemas o menos
“Diatriba contra los muertos”
Los muertos son egoístas:
hacen llorar y no les importa,
se quedan quietos en los lugares más inconvenientes,
se resisten a andar, hay que llevarlos
a cuestas a la tumba
como si fuesen niños, qué pesados.
Inusitadamente rígidos, sus rostros
nos acusan de algo, o nos advierten;
son la mala conciencia, el mal ejemplo,
lo peor de nuestra vida son ellos siempre, siempre.
Lo malo que tienen los muertos
es que no hay forma de matarlos.
Su constante tarea destructiva
es por esa razón incalculable.
Insensibles, distantes, tercos, fríos,
con su insolencia y su silencio
no se dan cuenta de lo que deshacen.
Benjamín Prado (2022)
No sabe de quién hablas cuando dices su nombre.
A veces se lo piensa
con un gesto de alumna que intenta recordar
una fórmula química
y no puede: su cuerpo la ha sobrevivido,
pero ella hace mucho que ya no está aquí.
Mientras veo en sus ojos un reloj detenido
o un círculo de agua ahogada en un pozo,
me pregunto
a cuál de las dos ve cuando se mira:
¿a quien es o a la niña que ha vuelto a ser?
Su mente es una torre donde está prisionera
o una caja llena de cartas sin abrir.
No sabe qué ha pasado, quiénes son
esos desconocidos que andan por su cabeza
como fieras huidas de un jardín zoológico
por las calles de una ciudad dormida;
ni cuándo se empezaron a borrar
los nombres y las caras
lo mismo que un ejército de figuras de arena.
Para ella todos somos personajes de un sueño.
-Allí donde la toques, la memoria nos duele,
dice el poeta Yorgos Seferis,
pero calla
que aún hace más daño el haberla perdido.
Siempre que estamos juntos intento que recuerde
dónde estuvo o quién era,
pero es como acercarse a la orilla de un río
y querer atrapar el agua en una red.
Algunos días
noto
la inquietud
de todo el que al entrar a un cementerio
teme encontrarse con su propia tumba:
al lado de un enfermo te ves amenazado
como al nadar te sientes transparente
o los hijos nos vuelven de cristal.
Ella sigue en su mundo, en equilibrio
entre ser y no ser
y yo busco una forma de quererla
que me lleve hasta ahí;
porque la vida es eso: abrazarse
como si no existiera lo que nos separaba,
como si no existiesen los días y las noches,
la niebla de los años,
la herida del adiós…
No sabe de quién hablas cuando dices su nombre,
pero yo sí: es ella, aunque ya no se acuerde,
y no voy a entregársela al olvido.
Ángel González (1976): Muestra, corregida y aumentada, de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan
Siempre, después de un viaje,
una mirada terca se aferra a lo que busca,
y es un hueco sombrío, una luz pavorosa,
tan sólo lo que tocan los ojos del que vuelve.
Fidelidad, afán inútil.
¿Quién tuvo la arrogancia de intentarte?
Nadie ha sido capaz
—ni aun los que han muerto—
de destejer la trama
de los días.
Ángel González (1985): Prosemas o menos
Ya desde muy temprano,
ayer fue tarde.
Amaneció el crepúsculo, y al alba
el cielo derramó sobre la tierra
un gran haz de penumbra.
Cerca del mediodía
un firmamento tenue e incompleto
—¿cifra de nuestra suerte?—
brillaba todavía en el espacio.
(La luna
no iluminaba al mundo;
su cuerpo transparente
nos permitía tan sólo adivinar
la existencia más alta de otro cielo
inclemente también, inapelable.)
Seguimos esperando, sin embargo.
Imprecisas señales
—un latido de pájaros, a veces;
el eco de un relámpago;
súbitas rachas de violento viento—
nos mantenían alerta.
A la hora del ocaso
salió un momento el sol para ponerse
y confirmó las sombras con ceniza.
Ángel González (1976): Muestra, corregida y aumentada, de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan
“Chiloé, setiembre, 1972 (Un año después, en el recuerdo)”
Estuve en Chiloé junto a la primavera.
(Sería otoño en España.)
Humedad olorosa,
praderas solitarias.
Recuperé de pronto tiempo y tierra.
(Tiempo perdido, tierra derrotada.)
El mar mordía los acantilados
con sus dientes de espuma verde y blanca.
Veía el Norte en el Sur.
¡Espejismo de rostros y de muros
iluminados con palabras
puras: libertad, compañeros!
(Y en el fondo, con nieve, las montañas.)
¿De dónde regresaba todo aquello?
Surgidos de la bruma
—¿era ayer o mañana?—
albatros quietos, levitando arriba,
serenaban el aire con sus extensas alas.
Todo encalló en un tiempo amargo y sucio.
Ahora,
asomando sobre las aguas,
la arboladura rota de esos días
tan sólo exhibe buitres en sus jarcias
Ángel González (1976): Muestra, corregida y aumentada, de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan
“Acoma, New Mexico, diciembre, 5:15 pm”
Con tan inconsistentes materiales
–luz en polvo,
una tela de araña,
las ramas de un arbusto,
espacio, soledad, pájaros, viento–
ante mis ojos
levantó la tarde
un monumento de belleza
que parecía inextinguible:
inmensos pabellones de silencio,
galerías abiertas a altísimos abismos,
columnas de reflejos deslumbrantes,
lienzos tersos, ingrávidos,
de metal transparente como vidrio.
Mas todo aquello
–estatua o fortaleza–
después de haberse erguido,
abrió dos grandes alas de misterio,
y se perdió en un vuelo negro y rápido.
De su presencia lúcida
sólo nos queda ahora
un desolado pedestal vacío
Ángel González (1976): Muestra, corregida y aumentada, de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan
“Notas de un viajero”
Siempre es igual aquí el verano:
Sofocante y violento.
Pero
hace muy pocos años todavía
este paisaje no era así.
Era
más limpio y apacible –me cuentan–,
más claro, más sereno.
Ahora
el imperio contrajo sus fronteras
y la resaca de una paz dudosa
arrastró a la metrópoli,
desde los más lejanos confines de la tierra,
un tropel pintoresco y peligroso:
aventureros, mercaderes,
soldados de fortuna, prostitutas, esclavos
recién manumitidos, músicos ambulantes,
falsos profetas, adivinos, bonzos,
mendigos y ladrones
que practican su oficio cuando pueden.
Todo el mundo amenaza a todo el mundo,
unos por arrogancia, otros por miedo.
Junto a las villas de los senadores,
insolentes hogueras
delatan la presencia de los bárbaros.
Han llegado hasta aquí con sus tambores
asan carne barata al aire libre, cantan
canciones aprendidas en sus lejanas islas.
No conmemoran nada: rememoran,
repiten ritmos, sueños y palabras
que muy pronto
perderán su sentido.
Traidores a su pueblo,
desterrados
por su traición,
despreciados
por quienes los acogen con disgusto
tras haberlos usado sin provecho,
acaso un día
sea esta la patria de sus hijos:
nunca la de ellos.
Su patria es esa música, tan solo,
el humo y la nostalgia
que levantan su fuego y sus canciones.
Cerca del Capitolio
hay tonsurados monjes mendicantes,
embadurnados de ceniza y púrpura,
que predican y piden mansamente
atención y monedas.
Orgullosos negros,
ayer todavía esclavos,
miran a las muchachas de tez clara
con sonrisa agresiva,
y escupen cuando pasan los soldados.
(Por mucho menos los ahorcaban antes.)
Desde sus pedestales,
los Padres de la Patria contemplan desdeñosos
el corruptor efecto de los días
sobre la gloria que ellos acuñaron.
Ya no son más que piedra o bronce, efigies,
perfiles en monedas, tiempo ido
igual que sus vibrantes palabras convertidas
en letra muerta que decora
los mármoles solemnes en su honor erigidos.
El aire huele a humo y a magnolia.
Un calor húmedo asciende de la tierra,
y el viento se ha parado.
En la ilusoria paz del parque juegan
niños en español.
Por el río Potomac remeros perezosos
buscan la orilla en sombra de la tarde.
Ángel González (1976): Muestra, corregida y aumentada, de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan
Cuando estoy en Madrid,
las cucarachas de mi casa protestan porque leo por las
noches.
La luz no las anima a salir de sus escondrijos,
y pierden de ese modo la oportunidad de pasearse por
mi dormitorio,
lugar hacia el que
—por oscuras razones—
se sienten irresistiblemente atraídas.
Ahora hablan de presentar un escrito de queja al
presidente de la república,
y yo me pregunto:
¿en qué país se creerán que viven?;
estas cucarachas no leen los periódicos.
Lo que a ellas les gusta es que yo me emborrache
y baile tangos hasta la madrugada,
para así practicar sin riesgo alguno
su merodeo incesante y sin sentido, a ciegas
por las anchas baldosas de mi alcoba.
A veces las complazco,
no porque tenga en cuenta sus deseos,
sino porque me siento irresistiblemente atraído,
por oscuras razones,
hacia ciertos lugares muy mal iluminados
en los que me demoro sin plan preconcebido
hasta que el sol naciente anuncia un nuevo día.
Ya de regreso en casa,
cuando me cruzo por el pasillo con sus pequeños cuerpos
que se evaden
con torpeza y con miedo
hacia las grietas sombrías donde moran,
les deseo buenas noches a destiempo
—pero de corazón, sinceramente—,
reconociendo en mí su incertidumbre,
su inoportunidad,
su fotofobia,
y otras muchas tendencias y actitudes
que —lamento decirlo—
hablan poco en favor de esos ortópteros.