Mostrando entradas con la etiqueta Tiziano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tiziano. Mostrar todas las entradas

lunes, 9 de agosto de 2021

"1917" (3)

Rafael Alberti (1945): A la pintura

"1917"

3

¡El Museo del Prado! ¡Dios mío! Yo tenía 
pinares en los ojos y alta mar todavía 
con un dolor de playas de amor en un costado, 
cuando entré al cielo abierto del Museo del Prado. 

¡Oh asombro! ¡Quién pensara que los viejos pintores 
pintaron la Pintura con tan claros colores; 
que de la vida hicieron una ventana abierta, 
no una petrificada naturaleza muerta, 
y que Venus fue nácar y jazmín trasparente, 
no umbría, como yo creyera ingenuamente! 
Perdida de los pinos y de la mar, mi mano 
tropezaba los pinos y la mar de Tiziano, 
claridades corpóreas jamás imaginadas, 
por el pincel del viento desnudas y pintadas. 
¿Por qué a mi adolescencia las antiguas figuras 
le movieron el sueño misteriosas y oscuras? 
Yo no sabía entonces que la vida tuviera 
Tintoretto (verano), Veronés (primavera), 
ni que las rubias Gracias de pecho enamorado 
corrieran por las salas del Museo del Prado. 
Las sirenas de Rubens, sus ninfas aldeanas 
no eran las ruborosas deidades gaditanas 
que por mis mares niños e infantiles florestas 
nadaban virginales o bailaban honestas. 

Mis recatados ojos agrestes y marinos 
se hundieron en los blancos cuerpos grecolatinos. 
Y me bañé de Adonis y Venus juntamente 
y del líquido rostro de Narciso en la fuente. 
Y –¡oh relámpago súbito!– sentí en la sangre mía 
arder los litorales de la mitología, 
abriéndome en los dioses que alumbró la Pintura 
la Belleza su rosa, su clavel la Hermosura. 

¡Oh celestial gorjeo! De rodillas, cautivo 
del oro más piadoso y añil más pensativo, 
caminé las estancias, los alados vergeles 
del ángel que a Fra Angélico cortaba los pinceles. 
Y comprendí que el alma de la forma era el sueño 
de Mantegna, y la gracia, Rafael, y el diseño, 
y oí desde tan métricas, armoniosas ventanas 
mis andaluzas fuentes de aguas italianas. 

Transido de aquel alba, de aquellas claridades, 
triste «golfo de sombra», violentas oquedades 
rasgadas por un óseo fulgor de calavera, 
me ataron a los ímprobos tormentos de Ribera. 
La miseria, el desgarro, la preñez, la fatiga, 
el tracoma harapiento de la España mendiga, 
el pincel como escoba, la luz como cuchillo 
me azucaró la grácil abeja de Murillo. 
De su célica, rústica, hacendosa, cromada 
paleta golondrina María Inmaculada, 
penetré al castigado fantasmal verdiseco 
de la muerte y la vida subterránea del Greco. 
Dejaba lo espantoso español más sombrío 
por mis ojos la idea lancinante de un río 
que clavara nocturno su espada corredora 
contra el pecho elevado, naciente de la aurora. 
Las cortinas del alba, los pliegues del celaje 
colgaban sus clarísimos duros blancos al traje 
del llanamente monje que Zurbarán humana 
con el mismo fervor que el pan y la manzana. 
¡Oh justo azul, oh nieve severa en lejanía, 
trasparentada lumbre, de tan ardiente, fría! 
La mano se hace brisa, aura sujeta el lino, 
céfiro los colores y el pincel aire fino; 
aura, céfiro, brisa, aire, y toda la sala 
de Velázquez, pintura pintada por un ala. 
¡Oh asombro! ¡Quién creyera que hasta los españoles 
pintaron en la sombra tan claros arreboles; 
que de su más siniestra charca luciferina 
Goya sacara a chorros la luz más cristalina! 

Mis oscuros demonios, mi color del infierno 
me los llevó el diablo ratoneril y tierno 
del Bosco, con su químico fogón de tentaciones 
de aladas lavativas y airados escobones. 
Por los senderos corren refranes campesinos. 
Patinir azulea su albor sobre los pinos. 
Y mientras que la muerte guadaña a la jineta, 
Brueghel rige en las nubes su funeral trompeta. 

El aroma a barnices, a madera encerada, 
a ramo de resina fresca recién llorada; 
el candor cotidiano de tender los colores 
y copiar la paleta de los viejos pintores; 
la ilusión de soñarme siquiera un olvidado 
Alberti en los rincones del Museo del Prado; 
la sorprendente, agónica, desvelada alegría 
de buscar la Pintura y hallar la Poesía, 
con la pena enterrada de enterrar el dolor 
de nacer un poeta por morirse un pintor, 
hoy distantes me llevan, y en verso remordido, 
a decirte, ¡oh Pintura!, mi amor interrumpido.

viernes, 6 de agosto de 2021

"Tiziano"

Rafael Alberti (1945): A la pintura

"Tiziano"

Fue Dánae, fue Calixto, fue Diana, 
fue Adonis y fue Baco, fue Cupido; 
la cortesana azul mar veneciana, 
el ceñidor de Venus desceñido, 
la bucólica plástica suprema. 
Fue a toda luz, a toda voz el tema. 

¡Oh, juventud! Tu nombre es el Tiziano. 
Tu música, su fuente calurosa. 
Tu belleza, el concierto de su mano. 
Tu gracia, su sonrisa numerosa. 
Lúdica edad, preámbulo sonoro, 
divina y fiel desproporción de oro. 

El alto vientre esférico, el agudo 
pezón saltante, errático en la orgía, 
las más secretas sombras al desnudo. 
Bacanal del color: su mediodía. 
Colorean los ríos los Amores, 
surtiendo en arco de sus ingles flores. 

No ignoran las alcobas ni el brocado 
del cortinón que irisa el escarlata 
cuanto acrecienta un cuerpo enamorado 
sobre movidas sábanas de plata. 
Nunca doró pincel en primavera 
mejor cintura ni mayor cadera. 

Todo se dora. El siena que en lo umbrío 
cuece la selva en una luz tostada 
dora el ardor del sátiro cabrío 
tras de la esquiva sáfica dorada; 
y un rubio viento, umbrales y dinteles, 
basamentos, columnas, capiteles. 

La vid que el alma de Dionisos dora, 
del albo rostro de Jesús exuda, 
y la Madre de Días, Nuestra Señora, 
de Afrodita de oro se desnuda. 
Vuelca el Amor profano su áureo vino 
en los manteles del Amor divino. 

¡Amor! Eros infante que dispara 
la más taladradora calentura; 
venablo luminoso, flecha clara, 
directa al corazón de la Pintura. 
¿Cuándo otra edad vio plenitud más bella, 
altor de luna, miramar de estrella? 

Pintor del Piave di Cadore, eterno, 
dichoso juvenil, vergel florido, 
resplandeciente río sin invierno, 
en el monte de Venus escondido. 
Sean allí a tus prósperos verdores 
Priapo el pincel, Adonis los colores.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

“’Carlos V en Mülberg’ de Tiziano”

Manuel Machado (1911): Apolo. Teatro pictórico

“’Carlos V en Mülberg’ de Tiziano”

El que en Milán nieló de plata y oro
la soberbia armadura; el que ha forjado
en Toledo este arnés; quien ha domado
el negro potro del desierto moro...

El que tiñó de púrpura esta pluma,
que al aire en Mulberg prepotente flota,
esta tierra que pisa, y la remota
playa de oro y de sol de Moctezuma...

Todo es de este hombre gris, barba de acero,
carnoso labio socarrón y duros
ojos de lobo audaz, que, lanza en mano,

recorre su dominio, el Mundo entero,
con resonantes pasos, y seguros.
En este punto lo pintó el Tiziano.