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viernes, 16 de julio de 2021

"Rima XLIV (Como en un libro abierto)"

Gustavo Adolfo Bécquer (1870): Rimas  

"Rima XLIV"

Como en un libro abierto
leo de tus pupilas en el fondo.
¿A qué fingir el labio
risas que se desmienten con los ojos?
¡Llora! No te avergüences
de confesar que me quisiste un poco.
¡Llora! Nadie nos mira.
Ya ves; yo soy un hombre... y también lloro.

miércoles, 3 de febrero de 2021

“Égloga I (Fragmento: '¿Cómo te vine en tanto menosprecio...')”

Garcilaso de la Vega

“Égloga I (Fragmento: '¿Cómo te vine en tanto menosprecio...')”

Salicio:

¿Cómo te vine en tanto menosprecio?
¿Cómo te fui tan presto aborrecible?
¿Cómo te faltó en mí el conocimiento?              
Si no tuvieras condición terrible,
siempre fuera tenido de ti en precio,
y no viera de ti este apartamiento.
¿No sabes que sin cuento
buscan en el estío                                
mis ovejas el frío
de la sierra de Cuenca, y el gobierno
del abrigado Estremo en el invierno?
Mas ¡qué vale el tener, si derritiendo
me estoy en llanto eterno!                         
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
 
  Con mi llorar las piedras enternecen
su natural dureza y la quebrantan;
los árboles parece que se inclinan:
las aves que me escuchan, cuando cantan,           
con diferente voz se condolecen,
y mi morir cantando me adivinan.
Las fieras, que reclinan
su cuerpo fatigado,
dejan el sosegado                                 
sueño por escuchar mi llanto triste.
Tú sola contra mí te endureciste,
los ojos aún siquiera no volviendo
a lo que tú hiciste.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.            
  
  Mas ya que a socorrerme aquí no vienes,
no dejes el lugar que tanto amaste,
que bien podrás venir de mí segura;
yo dejaré el lugar do me dejaste;                
ven, si por sólo esto te detienes;                 
ves aquí un prado lleno de verdura,
ves aquí una espesura,
ves aquí una agua clara,
en otro tiempo cara,                             
a quien de ti con lágrimas me quejo.              
Quizá aquí hallarás (pues yo me alejo)
al que todo mi bien quitarme puede;
que pues el bien le dejo,
no es mucho que el lugar también le quede.       
 
  Aquí dio fin a su cantar Salicio,               
y suspirando en el postrero acento,
soltó de llanto una profunda vena.
Queriendo el monte al grave sentimiento
de aquel dolor en algo ser propicio,             
con la pesada voz retumba y suena.                
La blanca Filomena,
casi como dolida
y a compasión movida,
dulcemente responde al son lloroso.              
Lo que cantó tras esto Nemoroso                    
decidlo vos Piérides, que tanto
no puedo yo, ni oso,
que siento enflaquecer mi débil canto.

domingo, 22 de noviembre de 2020

“¡Estériles! ¿Para qué lloras?”

Carmen Jodra

“¡Estériles! ¿Para qué lloras?”

¡Estériles! ¿Para qué lloras?
Si nunca podrás tener nada.
Si a demoras siguen demoras,
y la explicación huye alada, 
y amargan tu lengua las moras
          aún en agraz.
¿Y pides un poco de paz?

El drama es mil veces más viejo
que tú. Piensa en Grecia y en Roma,
y aún más atrás. No me quejo:
de siempre hubo cuervo y paloma
y la lucha atroz. ¿Un consejo?
          Déjate estar.
La muerte te vendrá a buscar.

Porque nunca llega el verano
que endulce las moras agraces.
Amor ni divino ni humano,
ni salmos ni bromas procaces,
ni artista ni amigo ni hermano
          te saciarán.
Ni vino ni agua ni pan.
Ni esto, ni eso, ni aquello.
Puedes probar cada camino:
acaban en nada. El destello
que un tiempo llamaste "divino"
no es luz, y apenas si es bello.
          Es frío y cruel.
¿A qué preocuparse por él?
¿A qué tanta lucha, si luego
el fin es a todos igual?
¿A qué este jugar con el fuego,
si juegues bien o juegues mal
la muerte es el premio del juego?
          ¿O es el castigo?
¡Estériles...! Llora conmigo.

martes, 11 de febrero de 2020

“La víspera incierta”

Luis Antonio de Villena (1996): Asuntos de delirio (1989-1996)

La víspera incierta

Volvió casi clareando a casa, como otras veces.
Estaba algo aturdido de cerveza y los restos infelices
de medio éxtasis tomado, con ella, al filo de las once.
Sin quitarse los pantalones, sólo de medio cuerpo
desnudo, se echó en aquella cama estrecha, dejando
encendida la luz de la lámpara de estudio...
No pensó en la música ni en la novela que estaba
leyendo -ahí, sobre la mesa- ni en el día de sol
que había concluido en aquella noche de música
y de juerga. Sentía unas tremendas ganas de llorar
y un extraño peso en el pecho. La vida era mezquina
-sintió- y nunca llegaría a ningún sitio.
Pasarían los días y crecería el tedio
y como una piedra muy grande pesaría la rabia.
Quería dar golpes a alguien, gritar, aullar,
soltar el rencor por los dedos, la pena, la impotencia,
la angustia, ese terrible peso, que le decía nunca,
no, nunca, nada, jamás, desiste, nunca.
Y entonces en ese instante en que el pecho crecía
de desazón y páramo infecundo, empezó a llorar
ruidosamente, a llorar -no sabía bien por qué-
a llorar solo en su cuarto estrecho de estudiante,
entre libros, discos y aquel póster de Prince muy raro.
Lloró medio desnudo, revuelto el pelo, casi de día,
lloró sin importarle que su madre lo oyera,
si es que madrugaba un domingo, cosa poco probable...