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sábado, 18 de abril de 2026

“Mis hijos me traen flores de plástico”

José Hierro

“Mis hijos me traen flores de plástico”


Os enseñé muy pocas cosas.
(Se hacen proyectos..., se imagina..., se sueña...
La realidad es diferente.) Pocas cosas
os enseñé: a adorar el mar;
a sentir la alegría de ver vivir a un animal minúsculo;
a interpretar las palabras del viento;
a conocer los árboles, no por sus frutos:
por sus hojas y por su rumor;
a respetar a los que dejan
su soledad en unos versos, unos colores, unas notas
o tantas otras formas de locura admirables;
a los que se equivocan con el alma.


Os enseñé también a odiar
a la crueldad, a la avaricia,
a lo que es falso y feo, a las flores de plástico.

Febrero llueve sobre el cementerio.
Es una tarde de domingo. Gris
es todo. Hemos venido a enterrar a una criatura
tierna y absurda. Un ser que tal vez soñaría
con la inmortalidad. Trazaba rayas
sobre una plancha de metal, la mordía con ácidos...
Así evocaba a sus demonios, daba fe de su vida,
escribía sus sueños (Humildemente
dejó pasar unos días. Sin fuego transcurrieron.)
Un pobre ser que ya descansa.

No dejó un hueco irremplazable 
en el mundo. Quebró su muerte la perfección universal.
Muy pocos lo advirtieron. Recordarán algunos
de tarde en tarde, y sin dolor, que ya no existe.
Los menos que la lloran la olvidarán también.
Al fin quedó enterrada su carne. Ha vuelto a deshacerse.
Correrá con el agua subterránea que la acompaña,
se deshará con gozo inútil en las cosas
sin dar siquiera un poco de carmín,
de aroma o balanceo a alguna flor de estío,
una flor verdadera, no de plástico, fea,
como aquéllas que odiábamos, hijos míos.

Aquí me dejan bajo tierra. Es una tarde de febrero.
Todo es negro cuando se van. Y mudo. Se ha extinguido
esa música gris que antes sonaba.
También el tiempo se ha borrado, y su sufrimiento,
de mi cuerpo. Ya el sufrimiento y el tiempo
van deshaciendo poco a poco lo que fue,
y tuvo fe y desánimo, fantasía y amor.
¡Qué pequeño es ahora, a esta distancia
absoluta, el afán diario! ¡Qué pequeño lo grande,
lo grande aquello! ¡ Qué pequeñas las iras
ante los hombres y sus actos!
¡Qué pequeños los hombres y qué necio
aquel errar buscando la verdad!
Como si hubiese una verdad tan sólo.
Como si una verdad fuera bastante.

Tarde se aprende lo sencillo.
Lo sabréis cuando un río de espanto se desboque

y arrastre vuestra luz, y la sepulte sin remedio.
Pensé algún día que quien vive sólo un instante, nunca
puede morir. Quizá quise decir que sólo aquel que muere
un instante sabe lo nada que es vivir.
Mas nadie ha muerto nunca sino definitivamente.
Y entonces las palabras no tienen labios que las formen.

Tarde se aprende lo sencillo.
Tarde se encuentra la hermosura. No aquélla de los ojos
mortales, la del mundo. No puedo hacer que lo entendáis.
Necesario sería que ahora estuvieseis aquí abajo
y que vieseis a vuestros hijos llegar entre las tumbas,
bajo la lluvia, y dejar su perfume y su presencia
en las tibias, alegres, inmortales
-más hermosas en vuestras manos que las del bosque-
flores de plástico.

viernes, 17 de abril de 2026

“En son de despedida”

José Hierro (1998): Cuaderno de Nueva York

“En son de despedida”

           I

No vine sólo por decirte
(aunque también) que no volveré nunca,
y que nunca podré olvidarte.

Emprendo la tarea
(imposible, si es que algo hay imposible)
de racionalizar, interpretar, reconstruir y desandar
aquellas fábulas y hechizos
que gracias a ti fueron realidad.

Recupero los pasos iniciados a la orilla del río
y que desembocaban en «Kiss Bar» (aunque no estoy
seguro
dónde estaba el principio y dónde el fin).

Estoy cansado, muy cansado.
Don Antonio Machado dijo hace más de sesenta años
«Soy viejo porque tengo más de setenta años,
que es mucha edad para un español».
(Sin comentarios).

              He vivido días radiantes
gracias a ti. Entre mis dedos se escurrían
cristalinas las horas, agua pura. Benditas sean.

Fue un tercer grado carcelario:
regresas a la cárcel por la noche,
por el día —espejismo— te sientes libre, libre, libre.
Nadie pudo, ni puede, ni podrá por los siglos de los siglos
arrebatarme tanta felicidad.

Yo no he venido —te lo dije—
para decirte adiós. Sé que no me echarás de menos,
y eso que yo soñaba ser todo para ti
como tú lo eres todo para mí.
¡Ay vanidad de vanidades y todo vanidad!

No te importuno más (ni siquiera sé si me escuchas).
Bebo el último whisky en el «Kiss Bar»,
la última margarita en «Santa Fe»,
rodeo luego la ciudad y su muralla de agua
en la que ya no queda nada que fue mío.
Desisto de adentrarme en su recinto,
no tengo fuerzas para celebrar
la melancólica liturgia de la separación
Sólo deseo ya dormir, dormir,
tal vez soñar...

jueves, 16 de abril de 2026

“Acelerando”

José Hierro

“Acelerando”

Aquí, en este momento, termina todo, 
se detiene la vida. Han florecido luces amarillas 
a nuestros pies, no sé si estrellas. Silenciosa 
cae la lluvia sobre el amor, sobre el remordimiento. 
Nos besamos en carne viva. Bendita lluvia 
en la noche, jadeando en la hierba, 
trayendo en hilos aroma de las nubes, 
poniendo en nuestra carne su dentadura fresca. 
Y el mar sonaba. Tal vez fuera espectro. 
Porque eran miles de kilómetros 
los que nos separan de las olas. 
Y lo peor: miles de días pasados y futuros nos separaban. 
Descendían en la sombra de las escaleras. 
Dios sabe a dónde conducían. Qué más da. 'Ya es hora 
- dije yo -, ya es hora de volver a casa'. 
Ya es hora. En el portal, 'Espera', me dijo. Regresó 
vestida de otro modo, con flores en el pelo. 
Nos esperaban en la iglesia. 'Mujer te doy'. Bajamos 
las gradas del altar. El armonio sonaba. 
Y un violín que rizaba su melodía empalagosa. 
Y el mar estaba allí. Olvidado y apetecido 
tanto tiempo. Allí estaba. Azul y prodigioso. 
Y ella y yo solos, con harapos de sol y de humedad. 
'Dónde, dónde la noche aquella, la de ayer...?' preguntábamos 
al subir a la casa, abtrir la puerta, oir al niño que salía 
con su poco de sombra con estrellas, 
su agua de luces navegantes, 
sus cerezas de fuego. Y yo puse mis labios 
una vez más en la mejilla de ella. Besé hondamente. 
Los gusanos labraron tercamente su piel. AL retirarme 
lo vi. Qué importa corazón. La música encendida, 
y nosotros girando. No: inmóviles. EL cáliz de una flor 
gris que giraba en torno vertiginosa. 
Dónde la noche, dónde el mar azul, las hojas de la lluvia. 
Los niños - quiénes son, que hace un instante 
no estaban-, los niños aplaudieron, muertos de risa: 
'Qué ridículos, papá. mamá'. 'A la cama', les dije 
con ira y pena. Silencio. Yo besé 
la frente de ella, los ojos con arrugas 
cada vez más profundas. Dónde la noche aquella, 
en qué lugar del universo se halla. 'Has sido duro 
con los niños'. Abrí la habitación de los pequeños, 
volaron pétalos de lluvia. Ellos estaban afeitándose. 
Ellas salían con sus trajes de novia. Se marcharon 
los niños - ¿por qué digo los niños? - con su amor, 
con sus noches de estrellas, con sus mares azules, 
con sus remordimientos, con sus cuchillos de buscar pureza 
bajo la carne. Dónde, dónde la noche aquella, 
dónde el mar... Qué ridículo todo: este momento detenido, 
este disco que gira y gira en silencio, 
consumida su música.

viernes, 13 de octubre de 2023

"Todo"

 José Hierro (1998): Cuaderno de Nueva York

"Todo"

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Grito ¡Todo!, y el eco dice ¡Nada!
Grito ¡Nada!, y el eco dice ¡Todo!
Ahora sé que la nada lo era todo.
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.

jueves, 28 de enero de 2021

“La ventana indiscreta”

José Hierro (1998): Cuaderno de Nueva York

“La ventana indiscreta”

I
IMPROMPTU

De pronto, sin saber por qué... de pronto...
sin tan siquiera sospecharlo...
...de pronto... el torbellino, el huracán,
la tempestad crispando la cresta de las olas,
disparándolas contra el cielo negrísimo...
...de pronto... nuestros cuerpos destruidos,
enlazados, recién nacidos, agonizantes,
parpadeantes, sumergidos, nadando
en nuestro irrepetible acuario azul
de nunca más y música...
dos llamas pálidas que lamen, muerden,
y chispas del ocaso en los ojos canela,
ojos garzos, y negros de noche,
de uva, oliva, de verdor submarino...
...no sé... asomados al reino del espliego,
metálico y morado a la luz de la luna,
sobrevolando las colinas
acariciadas, desgarradas
por el canto del grillo por el motor de la chicharra
... de pronto... descabalgado de Pegaso...
(porque Pegaso existe
no es fábula ni mito:
yo he acariciado muchas veces
las plumas de sus alas)
...de pronto... sin saber por qué,
los moradores del alcázar de la felicidad,
los que oían tintinear sobre las losas
las monedas de plata desprendidas del beso
...de pronto... sin tan siquiera sospecharlo.

Todo ha quedado incluido en un bloque de hielo
congelado, hechizado, paralizado, inmóvil,
fosilizado como un pez o un insecto
en la transparencia del ámbar
(No mires, beso tus ojos para que no veas
para que no veas lo que veo
enfrente de nuestra ventana.)

II
TRES VENTANAS

Aquí no hicieron alto nunca
el sol del mediodía, el zumbido del viento.
(Demasiado al norte este patio, este pozo,
este hueco prismático y sombrío
sin noticia de las estaciones.)
Tan sólo una pareja de palomas
baja, de cuando en cuando,
y condecora los alféizares
con estigmas de lepra nauseabunda.
Después, desaparece.

Estrechas, casi góticas, tres ventanas intentan
contradecir la lobreguez endémica,
la tarea paciente del humo y de la lluvia
con su luz de oro enfermo.
En la central (imperio mágico del gato
y del pez, prisionero en su pecera),
dos siluetas ancianas tras los cristales turbios
representan, día tras día,
su minúscula historia:
he aquí el Gran Teatro del Mundo.

Probablemente era ya vieja la casa
cuando llegaron ellos, presuntamente jóvenes.
Aquí cursaron el aprendizaje
de envejecer. Tienen ahora
–la casa y ellos–
idéntica vejez, impermeable a las horas.

En el sofá, codo con codo,
imantados por la fosforescencia
de la pantalla del televisor
esperan (no lo saben, no mires) la llegada
de la nave que habrá de conducirlos
a la tierra de promisión, al paraíso olvidado.

Y esto es todo. Y es siempre. Y nunca.
Dan las agujas del reloj
nuevas de la llegada de la noche.
Simultáneas, las sombras se levantan.
Se extingue la luz de hoja seca.
Unos minutos o unos siglos después
(aquí el tiempo no cuenta)
se encienden las ventanas laterales
a cada lado del espacio oscuro
en el que el gato ronronea
y el pez sueña riberas de jade tembloroso.
Poco después se apagan.
He aquí el Gran Teatro de la Sombra.

Los cuerpos, acostados, remotos
oyen idénticas palabras
llegadas de la misma estación emisora,
con la radio pegada a la oreja,
muy baja de volumen
para no molestar a los vecinos.

jueves, 20 de agosto de 2020

“Odiseo en Barcelona”

José Hierro

“Odiseo en Barcelona”

¡Si nunca hubiese vuelto...!
¡Cuánto mejor si nunca hubiese vuelto!

Navegaban conmigo
Nausicaas y Penélopes.
Las llevaba tatuadas en mis brazos
para tenerlas siempre ante mis ojos
y no olvidarlas nunca.
Pero la piel se me ha arrugado,
y las celestemente jóvenes
parecen ahora ancianas damas.
¡Si nunca hubiese vuelto!

Llegué con las orejas taponadas
para no ser esclavo del hechizo
del canto aquel que nunca llegué a oír.
Y hallé cipreses góticos,
piedras y seres que jamás soñé,
palabras diferentes.
Y no estaban mis islas,
o acaso fueron sólo un sueño mío.

¡Si nunca hubiese vuelto! Pero he vuelto,
y aquí estoy otra vez, acariciando
este puñado de humo.

martes, 14 de enero de 2020

“Llegada al mar”

José Hierro (1947):Tierra sin nosotros

“Llegada al mar”

Cuando salí de ti, a mí mismo
me prometí que volvería.
Y he vuelto. Quiebro con mis piernas
tu serena cristalería.
Es como ahondar en los principios,
como embriagarse con la vida,
como sentir crecer muy hondo
un árbol de hojas amarillas
y enloquecer con el sabor
de sus frutas más encendidas.
Como sentirse con las manos
en flor, palpando la alegría.
Como escuchar el grave acorde
de la resaca y de la brisa.

Cuando salí de ti, a mí mismo
me prometí que volvería.
Era en otoño, y en otoño
llego, otra vez, a tus orillas.
(De entre tus ondas el otoño
nace más bello cada día.)

Y ahora que yo pensaba en ti
constantemente, que creía...

(Las montañas que te rodean
tienen hogueras encendidas.)

Y ahora que yo quería hablarte,
saturarme de tu alegría...

(Eres un pájaro de niebla
que picotea mis mejillas.)

Y ahora que yo quería darte
toda mi sangre, que quería...

(Qué bello, mar, morir en ti
cuando no pueda con mi vida.)

martes, 2 de octubre de 2018

“Los caminos no van"

José Hierro (1950): Con las piedras, con el viento

“Los caminos no van”

Los caminos no van
a ningún  fin, que todos
acaban en nosotros.
La llama del crepúsculo
nos funde en uno sólo.
Hermoso es caminar,
soñar, cantar. Hermoso
ser una gran ternura
con un corazón próximo,
(con un dolor remoto).
La tarde se desnuda,
muestra sus hondos oros.
Encanta cada forma
con su vino glorioso.
Ya no hay nada: – pasado,
futuro, sombras, gozos -,
por fuera de nosotros.
La tarde desempolva
su cálido tesoro.
Sus pámpanos de fuego
zuman en nuestros ojos.
La tarde es nuestra. El mundo
se hizo para nosotros.
Somos su centro vivo
y gira el tiempo en torno.
Pasa y no puede herir
con su dolor remoto
nuestro corazón próximo.
Los caminos no van
a ningún  fin, que todos
acaban en nosotros. 

sábado, 29 de septiembre de 2018

“Así era"

José Hierro (1947): Tierra sin nosotros

“Así era”

Canta, me dices. Y yo canto.
¿Cómo callar? Mi boca es tuya.
Rompo contento mis amarras,
dejo que el mundo se me funda.
Sueña, me dices. Y yo sueño.
¡Ojalá no soñara nunca!
No recordarte, no mirarte,
no nadar por aguas profundas,
no saltar los puentes del tiempo
hacia un pasado que me abruma,
no desgarrar ya más mi carne
por los zarzales, en tu busca.

Canta, me dices. Yo te canto
a ti, dormida, fresca y única,
con tus ciudades en racimos,
como palomas sucias,
como gaviotas perezosas
que hacen sus nidos en la lluvia,
con nuestros cuerpos que a ti vuelven
como a una madre verde y húmeda.

Eras de vientos y de otoños,
eras de agrio sabor a frutas,
eras de playas y de nieblas,
de mar reposando en la bruma,
de campos y albas ciudades,
con un gran corazón de música. 

viernes, 28 de septiembre de 2018

“Llegada al mar”

José Hierro (1947): Tierra sin nosotros

“Llegada al mar”

Cuando salí de ti, a mí mismo
me prometí que volvería.
Y he vuelto. Quiebro con mis piernas
tu serena cristalería.
Es como ahondar en los principios,
como embriagarse con la vida,
como sentir crecer muy hondo
un árbol de hojas amarillas
y enloquecer con el sabor
de sus frutas más encendidas.
Como sentirse con las manos
en flor, palpando la alegría.
Como escuchar el grave acorde
de la resaca y de la brisa.

Cuando salí de ti, a mí mismo
me prometí que volvería.
Era en otoño, y en otoño
llego, otra vez, a tus orillas.
(De entre tus ondas el otoño
nace más bello cada día.)

Y ahora que yo pensaba en ti
constantemente, que creía...

(Las montañas que te rodean
tienen hogueras encendidas.)

Y ahora que yo quería hablarte,
saturarme de tu alegría...

(Eres un pájaro de niebla
que picotea mis mejillas.)

Y ahora que yo quería darte
toda mi sangre, que quería...

(Qué bello, mar, morir en ti
cuando no pueda con mi vida.)